La música argentina se queda sin una de sus voces más determinantes. El exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció tras una larga batalla contra el Parkinson. Un repaso por la obra, la mística y el fenómeno social de un artista que marcó a fuego la identidad de varias generaciones, también en nuestra región.
Hay noticias que detienen el tiempo y unifican al país en un solo sentimiento. Este es uno de esos días: murió Carlos Alberto «El Indio» Solari. A los 77 años, la leyenda absoluta del rock argentino dejó el plano físico, provocando una conmoción incalculable en la cultura popular y sumiendo en un profundo luto a millones de seguidores.
El músico venía enfrentando desde hace tiempo un diagnóstico de Mal de Parkinson, condición que lo obligó a bajarse de los escenarios de manera presencial, pero que nunca logró apagar su motor creativo.
El sonido de una generación
Desde los sótanos de La Plata hasta los picos más altos de convocatoria en la historia del país, el Indio Solari trazó un camino sin igual. Como vocalista y letrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, fundó un movimiento que funcionó como refugio de la juventud en épocas turbulentas.
Sus letras, cargadas de poesía de trinchera, metáforas crudas y críticas al sistema, se transformaron en un manual de supervivencia para el barrio y en himnos que trascendieron las fronteras del rock para volverse patrimonio nacional.
La Patagonia ricotera, de luto
El fenómeno Solari nunca conoció de límites geográficos. Para nuestra región, cada anuncio de un show (las icónicas «misas») significaba organizar caravanas desde Neuquén, Río Negro y el sur patagónico. Miles de kilómetros recorridos en colectivos, autos y a dedo, solo para compartir un par de horas bajo la lluvia, el frío o el calor, unidos por la misma pasión.
Ese vínculo indisoluble se mantuvo intacto durante su etapa solista al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Incluso en sus últimas presentaciones virtuales —donde su figura aparecía proyectada en las pantallas—, el público patagónico seguía diciendo presente, demostrando una fidelidad que la industria musical todavía no logra explicar.
El mito se vuelve eterno
Hoy, las redes sociales, las radios y las calles son un solo eco de sus canciones. El dolor por la partida de Carlos Alberto Solari es innegable, pero también lo es la certeza de que su obra ya no le pertenece a él, sino al pueblo que la canta.
Se fue el Indio, pero la melodía de Juguetes perdidos seguirá sonando en cada rincón, confirmando que, para sus fieles, su luz nunca dejará de brillar.


